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viernes, 13 de abril de 2018

Heartstone, corazones de piedra

Cuando las emocioines son piedras.Inhbición, vergüenza, crueldad. La dificultad de conjugar las emociones y los sentimientos con su expresión a través del cuerpo. La dificultad de lidiar con lo que los otros puedan pensar sobre nosotros, como condicionante opresivo. La descarga en el daño a otros, otras criaturas, otros congéneres, como desvío en el que liberar la incapacidad de expresar de modo armónico lo que se siente, cuando no reflejo del impulso de destrucción inherente al ser humano. Esta ofuscación está relacionada con esa dificultad, también inherente al ser humano, de no lograr discernir, ni integrar en los propios actos, que yo es tú. Por eso, resulta satisfactorio hacer daño, pero no que te lo hagan, como humillar a otro, pero no ser tú el humillado. En ese desajuste sigue prolongando, pese a los siglos de supuesta evolución, su inconsistencia el ser humano. Y unos de los primeros escenarios en el que se evidencia, como refleja admirablemente la producción islandesa Heartstone, corazones de piedra (Hjartasteinn, 2016), opera prima de Guðmundur Arnar Guðmundsson, es el de los albores de la adolescencia, cuando sentimientos y deseos desbordan, y se intenta enfocar y articular, e incluso entender, impulsos que, a su vez, también colisionan con el condicionamiento de un entorno, con sus señales de tráfico con respecto a deseos, sentimientos y conductas, que indican posibles direcciones, o acotan de entrada infracciones, que implican anatema, irrisión, desprecio, marginalización.
En las excelentes secuencias iniciales se condensan esas coordenadas, y se delinea ya la modulación, descarnada, incómoda, turbia (como una resaca de emociones atrapada en su centrifugado), que se extenderá sobre la narración, caracterizada por una luz amortiguada (como las emociones contenidas, en tensión) y tejida sobre contrastes: el anhelo de sentir armonía, de sentir al otro, y las complicaciones, torpezas propias, e interferencias (del entorno, como una segunda piel que asfixia), como ese contraste entre el deslumbrante espacio natural de prados y océano, espacios abiertos, y las obturaciones de las confusas emociones de unos chicos de doce años que comienzan a tantear lo que sienten, y cómo articularlo y expresarlo. La película se abre con una mirada, la de Thor (Baldur Einarsson) a su amigo Christian ( Blær Hinriksson), tumbado en el muelle, al sol, con el torso desnudo. Ya se percibe una corriente subterránea de emociones y deseos. Thor, precisamente, aprecia bajo el agua un banco de peces, que pescará el grupo de amigos, peces que golpean con brutalidad, y cuyas entrañas arrancan aun estando vivos. La vida que daña y se alimenta de vida sin ser consciente de que es vida. Emociones retenidas que se hacen garra y colmillo.
Una atmósfera de deseo sofocado que se amplia a los adultos, como la transición al gesto de la madre desabotonándose el escote, sentada en el umbral de la puerta. En la siguiente secuencia, unos chicos hacen irrisión de los posibles deseos de otros. La vergüenza que se despliega como un quiste y condiciona lo que se siente. Thor y Christian lidian con lo que sienten entre ambos, o simplemente con lo que sienten y desean, sin compartimentos predeterminados o etiquetas denominativas. Es el deseo, la sexualidad, brotando, manifestándose. Christian parece, en principio, más abierto a exponer su ansia de dotar de gesto ese deseo, pero Thor se inhibe, porque en su entorno, pesa el estigma sobre los impulsos homosexuales. Ambos se citan con dos chicas, y en especial el coqueteo de Thor es más decidido, con Beth (Diljá Valsdóttir), aunque Christian también se deje llevar por el impulso del deseo, de probar, de sentir al otro (la belleza del descubrimiento en los primeros contactos, el despliegue en el juego). Ambos intentan enfocar qué sienten, pero el entorno señaliza direcciones de expresión de deseo, cuáles son las aceptadas, y cuáles las despreciadas.
Pero también los adultos pueden sufrir esos anatemas, por otras razones. Las dos hermanas de Thor no aceptan que su madre, separada, tenga tantos amantes. Ella comparte, como quien expone sus entrañas desnudas, que no quiere acabar como el resto de mujeres de su entorno, anquilosada, como un mueble. Pero para las dos hijas pesa más el deterioro de imagen que para ellas, por extensión, implican sus actos. No les importa cómo ella se siente, sino la imagen que proyectan. Una infección emocional que encuentra su reflejo en los sombríos poemas que escribe la hermana menor de Thor. Por muy natural que sea el entorno, la constricción de la imagen proyectada es lastre, como piedra, para sus habitantes. De ahí el título, Corazón de piedra. Hombres que deben ajustarse a un molde de virilidad heterosexual, mujeres que, si no están casadas, tienen que ajustarse a su condición de seres domésticos como entidades etéreas, meramente maternas. Parece que domina el corazón de piedra, que se extiende en las diversas relaciones maritales, o paterno filiales, o entre (supuestos) amigos, de lo que es muestra el padre de Christian, por la abrupta manera de tratar a su hijo, o cómo es capaz de golpear a un amigo porque sospecha que hace viajes a la ciudad para poder expresar el deseo que siente por los hombres.
Esa tendencia cruel, esa inconsciencia o indiferencia por lo que sienten los otros, encuentra reflejo en la relación con los animales. En la primera secuencia, los niños muestran el desprecio a un pez piedra que cogen entre los otros pescados, como una inutilidad, porque no puede comerse, y lo machacan sin piedad. En la última secuencia, Thor que ha vivido todo un doloroso aprendizaje vital contempla cómo otro niño, más pequeño, tira de nuevo al agua, sin hacerle daño, a un pez piedra que ha pescado, el cual, en el plano de clausura, fluye de nuevo entre sus corrientes, a diferencia de las emociones en la superficie, que fluyen a trompicones, o son reprimidas y humilladas, o, incluso, determinadas a acciones desesperadas por mera impotencia.

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